El cronista de Arda

Ainulindalë, la música de los Ainur

El cronista de Arda Season 1 Episode 1

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¿Y si el universo no hubiera comenzado con una explosión silenciosa, sino con una melodía celestial?

Bienvenido al primer episodio de El cronista de Arda. En esta entrega nos sumergimos en el bellísimo relato que abre El Silmarillion de J.R.R. Tolkien: la Ainulindalë (La Música de los Ainur).

Olvídate por un momento de los hobbits, los anillos de poder y los elfos. Viajamos al principio absoluto de los tiempos, cuando solo existían el Vacío, la mente creadora de Eru Ilúvatar y un coro angelical, los Ainur, dispuestos a componer la sinfonía de la existencia. Descubriremos cómo se diseñó la Tierra Media a través de la música y cómo Melkor, el más poderoso de estos espíritus, provocó el primer gran conflicto del mundo... simplemente por querer cantar desafinando.

Un análisis cercano, poético y sin pedanterías, apto tanto para quienes abren el libro por primera vez como para los que quieren redescubrir los secretos del legendarium. Además, conectamos el mito original con detalles que seguro te suenan, como el Fuego Secreto de Gandalf o la música de la serie Los Anillos de Poder.

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Maego Baner, soy el cronista de Arda y estoy aquí contigo para repasar sin prisas y de forma sencilla las fascinantes historias de Tolkien. Imagina que el universo no comenzó con una explosión silenciosa en mitad de la nada, sino con una melodía. Un coro colosal de voces celestiales cantando en perfecta armonía, diseñando cada montaña, cada océano y cada estrella antes de que existiera el propio tiempo. Bienvenidos al Cronista de Arda. Hoy iniciamos un viaje fascinante hacia el principio absoluto de la mitología de Tolkien. Vamos a adentrarnos en la Ainulíndale, el bellísimo retrato que abre el Silmarillion y que nos cuenta cómo nació el mundo. Y quiero dejar algo claro desde el primer minuto. No os preocupéis que este no es un espacio de debate religioso. De hecho, os habla un ateo convencido. Pero es imposible no maravillarse ante la genialidad de Tolkien, quien, para dar alma a su Tierra Media, decidió regalarle una de las cosmologías más poéticas y hermosas jamás escritas. Así que poneos cómodos, porque hoy descubriremos cómo una canción dio forma a la realidad y cómo el primer gran conflicto del mundo nació. nació precisamente por querer cantar desafinando. Para entender esta historia tenemos que viajar muy atrás. Olvidaos de los elfos, de los enanos, de los anillos de poder y de los hobbits. Vamos a situarnos en un antes donde no existía ni el espacio, ni el tiempo, ni la materia. Solo existía el vacío. Y en ese vacío estaba Eru Ilúvatar. Su nombre significa el único, el padre de todos. Él es la mente creadora, el origen de todo. Pero Ilúvatar no creyó quería estar solo, así que lo primero que hizo no fue moldear planetas ni encender soles. Lo primero que hizo fue crear a los Ainur. ¿Y qué son exactamente los Ainur? Podríamos definirlos como seres espirituales, una especie de corte angelical. Pero a me gusta imaginarlos de otra manera. Pensad en ellos como facetas del propio pensamiento de Ilúvatar. Cada uno de ellos recibió la comprensión de una parte distinta de la mente del creador. Por eso no son copias idénticas. Cada uno tiene un talento o una sensibilidad única. Unos entienden la luz, otros el agua, el viento, la artesanía, y otros conceptos más profundos e intangibles como la compasión, la alegría o incluso el miedo y el dolor. Tolkien hace esto por una razón maravillosa. Nos está diciendo que su mundo no nace del caos ni de la pura casualidad, sino de un diseño compartido, de la suma de muchos puntos de vista diferentes. Dentro de estos espíritus hay jerarquías, aunque de esto hablaremos más a fondo en los próximos episodios. episodios. Por un lado están los Valar, que son los más poderosos, algo así como los grandes dioses de la mitología clásica, pero que aquí responden ante un único creador. Por otro lado están los Maiar, de menor rango pero igualmente divinos, espíritus que asisten a los Valar. Seguro que a muchos os suenan los Maiar aunque no hayáis leído el Silmarillion, y es que personajes tan fundamentales de El Señor de los Anillos como Gandalf, Saruman o el mismísimo Sauron son, en que existían mucho antes de que el mundo fuera mundo. Y sí, al igual que los ángeles de otras mitologías, tanto los grandes Valar como los servidores Maiar tienen libre albedrío, lo que significa que pueden elegir el camino de la luz o caer en la más absoluta oscuridad. Una vez creados los Ainur en ese no lugar fuera del tiempo, Ilúvatar los reúne y les propone una tarea extraordinaria, hacer música. Les presenta un gran tema musical, una melodía de una belleza inimaginable y les pide que canten juntos, armonizando y aportando cada uno su propio talento y sensibilidad al diseño común. Ainulíndale significa, literalmente, la música de los Ainur, y es que el universo de Tolkien, amigos míos, no empieza con un Big Bang, empieza con una sinfonía. Al principio, la música era perfecta. Las voces de los Ainur se entrelazaban en una armonía inmensa que llenaba el vacío de una belleza sobrecogedora. Todo fluía tal y como Ilúvatar les había instruido. Pero entonces apareció el problema. Melkor. Melkor era el más poderoso de todos los Ainur. Ilúvatar le había dado dones inmensos y, curiosamente, era el único que compartía un poquito de todos los talentos de todos sus hermanos. Pero el poder mal gestionado suele traer consigo la soberbia. A Melkor no le bastaba con formar parte del coro. Sentía una profunda impaciencia por crear cosas propias en el vacío y, sobre todo, tenía un ansia terrible de control. Quería dominar. Así que, en mitad de la gran sin sinfonía, Melkor decidió ir por libre. Comenzó a introducir su propia melodía, una melodía que no busca armonizar sino imponerse. Era un sonido ruidoso, estridente, repetitivo y violento. Imaginaos la escena, un coro majestuoso cantando una melodía celestial y, de repente, una sección decide reventar la pieza tocando a un volumen atronador y fuera de ritmo para tapar a los demás. El caos se desató en el vacío. Muchos Ainur se confundieron y se callaron. Otros, arrastrados por la fuerza de Melkor, empezaron a seguir su destructivo compás. La armonía se llenó de tensión y discordia. ¿Y qué hizo Ilúvatar en medio de todo esto? Curiosamente, no fulminó a Melkor ni le apagó la voz. Se levantó de su trono y con una sonrisa introdujo un segundo tema musical para contrarrestar la estridencia de Melkor. Una melodía hermosa pero triste, impregnada de una profunda melancolía. Melkor volvió a redoblar su ruido entablando una auténtica batalla de sonidos y Lubatar se levantó una tercera vez ya con el rostro serio y propuso un tercer tema que parecía completamente distinto un sonido profundo, amplio y majestuoso como el propio océano contra el que la discordancia de Melkor chocaba con furia pero no lograba ahogar aquí Tolkien nos regala una lección filosófica brutal sobre el mal el mal no puede crear nada auténtico desde cero solo puede deformar, estropear y corromper lo que ya existe. Pero lo fascinante es que, al intentar estropearlo, el mal acababa formando parte de un diseño aún más grande y complejo. Finalmente, cuando la tensión musical era insoportable, Ilúvatar se levantó una última vez. Su rostro era severo. Alzó las dos manos y de regolpe hizo el silencio. Un silencio absoluto. Como curiosidad para los más frikis, se dice que la sintonía que compuso Howard Shore para los títulos iniciales de la serie Los Anillos de Poder se inspira directamente en esta batalla de temas de la Ainulíndale, una hermosa forma de conectar la música de nuestra pantalla con el mito original. Una vez la música cesó, Ilúvatar decidió mostrarles a los Ainur qué es lo que acababan de cantar. Les concedió una visión. Y los Ainur, maravillados, vieron cómo se desplegaba ante ellos la historia de ese nuevo mundo. Aquello que antes era solo sonido ahora tenía forma física, veían ríos, montañas, valles y la inmensidad del firmamento. En esa visión Ilúvatar les explicó algo crucial a todos, especialmente a Melkor, que ninguna melodía puede tocarse si no tiene su origen último en él y que nadie puede alterar la música contra su voluntad. Melkor se sentó avergonzado públicamente ante sus hermanos y de esa vergüenza nació un rencor secreto y ponzoñoso que marcaría el destino del mundo. En mitad de esa espectacular visión, los Ainur contemplaron algo que los dejó sin aliento, unos seres nuevos que ellos no habían diseñado en su música porque pertenecían exclusivamente al tercer tema que introdujo Ilúvatar. Eran los hijos de Ilúvatar, los elfos y los hombres. Los Ainur se enamoraron al instante de ellos de su belleza y de su papel en la historia, un papel que sólo el creador conocía por completo. Y Akio ocurre algo precioso. Y Lubatar le muestra a Melkor cómo su discordia, ese intento de estropear la creación con fuegos extremos y fríos desoladores, no ha arruinado el diseño. Al contrario, lo ha embellecido. Le dice, mira Melkor, pensaste en utilizar el frío extremo, pero gracias a eso ahora existe la nieve y los hermosos cristales de hielo. Pensaste en el calor abrasador, pero gracias a eso ahora existen las nubes y las lluvias que dan vida a la tierra. El intento del villano por afear la obra solo sirvió para que la creación fuera más rica, compleja y hermosa. Pero claro, todo esto era solo una visión, un holograma del destino. Y de repente la visión se apagó dejando a los Ainur a oscuras y con el deseo ardiente de que ese mundo fuera real. Es entonces cuando Ilúvatar pronunció la palabra definitiva, Ea, que en su lengua significa simplemente sea o que así sea. Con esa sola palabra, el universo físico cobró vida. Ea es el universo, y dentro de él, el mundo donde se desarrollan todas las historias es Arda. Pero para que este mundo funcionara, Ilúvatar introdujo en su centro el fuego secreto, la llama imperecedera. El poder de dar vida real y propia a las cosas es algo que solo pertenece al creador. ¿Os suena el fuego secreto? Pues claro que sí. Es el mismo al que se refiere Gandalf en las minas de Moria cuando se planta ante el Balrog y le dice, soy siervo del fuego secreto, administrador de la llama de Anor. Todo está conectado en la mente de Tolkien. Al ver el mundo hecho realidad, muchos de los Ainur se sintieron tan irremediablemente atraídos por su belleza que decidieron descender a él. Pero esto conllevaba una condición muy seria. Una vez que cruzaban la frontera y entraban en Arda, su poder quedaría ligado y limitado al mundo para siempre. Ya no podían mirar desde fuera. Ahora forma harían parte del tablero de juego experimentando el paso del tiempo el desgaste de la materia y por supuesto el peligro porque melkor el gran disonante también decidió descender a arda dispuesto a reclamarlo como su reino personal y así amigas y amigos es como arranca el gran tapiz de la tierra media con un coro celestial una rebelión en mitad de la partitura y una palabra ea que encendió las estrellas el tablero ya estaba listo y las piezas habían bajado a la tierra tierra. El conflicto, la luz y la sombra estaban presentes desde el principio del tiempo. A partir de este momento, la música se convertiría en historia viva. Los Ainur que decidieron descender a Arda asumieron así el papel de gobernar y dar forma a ese lienzo en blanco, preparándolo para la llegada de los elfos y los hombres. ¿Pero quiénes son exactamente estos seres divinos? ¿Cómo se repartieron el cuidado del agua, de los bosques o de los primera vez. Todo eso lo descubriremos en el próximo episodio, donde nos centraremos en el balacuenta, para conocer a fondo a los Valar y a los Maiar, los verdaderos poderes del mundo. Conoceremos sus virtudes, sus debilidades y los primeros vientos de guerra que azotaron la joven Tierra Media. Muchas gracias por acompañarme en este primer viaje de El Cronista de Arda. Si os ha gustado esta forma de acercarnos al universo de Tolkien, no olvidéis suscribiros y compartir el episodio con otros apasionados del legendario. Nos Nos escuchamos muy pronto. Namárië.